Africa necesita una revolución agrícola para alimentar a una población en crecimiento y, al mismo tiempo, impulsar su crecimiento económico. Esa fue la premisa que dominó la conversación en el Africa Food Systems Forum 2026, celebrado la semana pasada en Kigali, Ruanda, donde la consigna que más se repitió fue simple: concentrarse en la rentabilidad del agricultor.
La escena lo dice todo. En una de las mesas del foro, Elizabeth Wathuti, fundadora de Green Generation Initiative, dijo que «si el agricultor prospera, entonces significa que nuestros sistemas alimentarios van a ser resilientes». La frase resumió el giro que varios participantes intentaron instalar: el problema no es solo producir más alimentos, sino hacer que la agricultura genere valor suficiente para sostener a quienes la trabajan.
Los números ayudan a explicar por qué el debate tomó esa forma. La producción agrícola en Africa ha aumentado en las últimas décadas, pero ese crecimiento no necesariamente ha sido duradero. La agrialimentación sostiene dos tercios de los medios de vida africanos y genera un tercio del PIB del continente. Sin embargo, según cifras de AGRA, los agricultores generan mucho menos valor que sus pares en otras regiones: alrededor de $1,500 por trabajador al año, frente a $4,300 a nivel mundial.
Esa brecha no es solo estadística. En la trastienda de la discusión aparece una realidad incómoda: si el margen es demasiado estrecho, menos productores pueden permanecer en el negocio y menos jóvenes se sentirán atraídos por él. El resultado es un sistema alimentario menos estable y menos capaz de sostener el crecimiento. La lógica de mercado, en este caso, no es un detalle técnico; es el centro del asunto.
Kingsley Moghalu, presidente del Institute for Governance and Economic Transformation y exbanquero central en Nigeria, lo dijo con claridad en el panel: «No creo que los sistemas alimentarios formen parte de la agenda de desarrollo o crecimiento económico, creo que deberían ser la agenda de crecimiento económico». Esa formulación condensa el desenlace que muchos en Kigali parecen buscar: dejar de tratar la agricultura como un tema marginal y convertirla en motor principal.
La rentabilidad también abre la puerta a más inversión. Un sector agrícola desarrollado crea oportunidades para procesar, comerciar y añadir otras funciones a lo largo de la cadena de valor. Eso, a su vez, puede generar nuevas actividades económicas. AGRA calcula que solo entre 12% y 15% del PIB agrícola de Africa proviene del procesamiento, frente a más de 60% en regiones desarrolladas.
Ese dato importa porque muestra cuánto valor queda todavía atrapado en el tramo más básico de la cadena. Si el continente logra procesar más de lo que produce, no solo alimentará mejor a su población; también puede crear industrias nuevas, desde biocombustibles hasta servicios vinculados al campo. La oportunidad no está únicamente en sembrar más, sino en transformar más.
Desde el ángulo climático, el argumento también fue económico. Los agricultores con margen pueden invertir en riego, semillas mejoradas, mejor salud del suelo o simplemente resistir una mala temporada. La rentabilidad, en otras palabras, funciona como capacidad de adaptación. Y en un contexto de shocks climáticos y cambios de mercado, esa capacidad puede marcar la diferencia entre continuidad y retroceso.
Justin Worland, autor del reportaje, planteó además que los países africanos y otras economías en desarrollo están siendo golpeados primero por estos desafíos, lo que podría convertirlos en un laboratorio natural de soluciones antes de que esas respuestas lleguen a mercados más desarrollados. También señaló que sistemas agroalimentarios más maduros en Africa abrirían oportunidades para inversionistas y empresas que hasta ahora quizá no habían mirado la región.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en Kigali. La discusión dejó una señal clara: cuando la agricultura produce rentabilidad, se vuelve más atractiva para productores, jóvenes, inversionistas y empresas. Cuando no la produce, queda reducida a sobrevivencia, dependencia y promesas incumplidas.
La lectura de fondo es incómoda para cualquier aparato estatal que prefiera administrar escasez en lugar de liberar productividad. Si Africa quiere una historia de crecimiento más sólida, el productor necesita precios, inversión y reglas que hagan viable su trabajo. Sin eso, no habrá revolución agrícola; habrá solo más retórica sobre seguridad alimentaria.
Y hay una lección más amplia para cualquier país que mire este debate desde lejos. La agricultura no se fortalece con consignas, sino con incentivos. Cuando el agricultor gana, el sistema resiste. Cuando el agricultor pierde, también pierde toda la cadena que depende de él.



