La escena lo dice todo. Una perrita de pelaje claro, rebautizada «Arena» por los rescatistas porque nadie sabía su nombre real, temblaba con la cabeza gacha cuando la sacaron de los escombros de La Guaira. Quince días después, el sábado pasado, Catira Alejandra —ese era su nombre verdadero— volvió a ver a su familia. Los saltos y movimientos frenéticos contrastaban con aquellas primeras imágenes. Para cientos de animales que aún esperan en refugios, ese desenlace sigue siendo una promesa sin fecha.
Desde el 24 de junio, al menos 648 animales de compañía —perros y gatos— han sido rescatados en La Guaira, uno de los estados más golpeados por los terremotos, y en San Bernardino, una urbanización de Caracas. Los datos los proporcionó el lunes Maguildas Vargas, presidenta de Misión Nevado, el proyecto del Gobierno venezolano que da refugio a animales sin hogar y que asumió la coordinación del rescate.
«Hemos logrado hacer 18 reencuentros familiares», declaró Vargas, auxiliar veterinaria, al referirse a los animales recuperados en La Guaira. La cifra ilustra la brecha: de 648 rescatados, solo 18 han regresado con sus dueños.
La mayoría de los animales localizados presentaban heridas graves. Vargas describió un cuadro clínico que se repite: fracturas, politraumatismos, mutilaciones, escoriaciones y cortes. Misión Nevado les presta atención veterinaria y refugio mientras se gestionan los reencuentros.
Para agilizar las búsquedas, Vargas pidió a las familias que elaboren fichas con fotografías y datos de sus mascotas extraviadas y las difundan por redes sociales. Es, por ahora, el mecanismo principal de identificación.
Los terremotos no solo derrumbaron hogares y cobraron vidas humanas. Miles de venezolanos perdieron simultáneamente su vivienda y a sus animales de compañía, una pérdida que se suma a la ruptura de redes familiares y comunitarias que los sismos han provocado desde el 24 de junio.
Los detalles cuentan la historia. Catira llegó a los rescatistas sin nombre, sin dueño identificado, sin más señas que el miedo visible en su cuerpo. Que haya recuperado su identidad —y su familia— en menos de tres semanas es un resultado excepcional dentro de un sistema de refugios que opera bajo presión, con recursos limitados y sin un registro centralizado que permita cruzar datos con agilidad.
Para Hemisferio, la historia de Catira y los 648 animales rescatados es también la historia de una sociedad civil y de voluntarios veterinarios que llenan el vacío que el aparato estatal no cubre. Misión Nevado es formalmente un proyecto gubernamental, pero el trabajo en el terreno lo sostienen auxiliares como Vargas y las redes de ciudadanos que comparten fichas en sus teléfonos. En Venezuela, como en tantos otros contextos de emergencia latinoamericana, la iniciativa individual y la solidaridad horizontal hacen lo que la burocracia no alcanza a organizar. El reencuentro de Catira con su familia no es un logro del Estado: es el resultado de personas concretas que decidieron buscar.



