La escena lo dice todo. Un miliciano custodia los escombros del complejo habitacional Hugo Chávez en Catia la Mar. Detrás de él, el saldo de tres semanas: 4.829 muertos, 16.740 heridos y 17.907 familias sin techo.
El miércoles 15 de julio, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y hermano de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, actualizó las cifras a través de su cuenta de Telegram. Las autoridades sumaron 95 fallecimientos en la jornada, elevando el balance total del doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 que golpeó la zona norte del país el pasado 24 de junio.
Los números cuentan la historia. Hay 856 edificios afectados y 190 colapsados. Desde el día de los sismos se han registrado 1.284 réplicas; la más reciente percibida por la población alcanzó magnitud 3,9 y ocurrió el viernes en Naiguatá, en el estado de La Guaira, la región más castigada. En ese momento, 20.857 personas permanecían distribuidas en 106 campamentos transitorios, uno menos que el día anterior.
El gobierno informó el fin de semana pasado el inicio de un censo biométrico para cuantificar las viviendas necesarias, aunque ya estima que la cifra podría llegar a 25.000 unidades. Según declaró Jorge Rodríguez el sábado, la jefa de Estado entregaría las primeras 200 viviendas durante esta semana.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La infraestructura que colapsó no era nueva ni fue sorprendida por un evento imprevisible: era el resultado acumulado de años de deterioro institucional. Transparencia Venezuela, según recoge El Nacional entre los temas relacionados a la cobertura del desastre, señaló que «el deterioro institucional previo agravó el impacto del doble terremoto». La NASA, por su parte, reportó que una falla desplazó hasta 60 centímetros la superficie terrestre. Los venezolanos, mientras tanto, recurrían a hospitales de campaña extranjeros ante las deficiencias de la red pública.
En medio de la emergencia, el gobierno y un grupo opositor encabezado por la exdiputada Dinorah Figuera anunciaron un plan de trabajo conjunto que arrancará el 1 de agosto. El acuerdo apunta al «fortalecimiento de la democracia» y a enfrentar «las consecuencias del doblete sísmico», según la descripción oficial. Desde Madrid llegaron 42 toneladas de asistencia humanitaria. World Central Kitchen activó operaciones sobre el terreno. Una cirujana venezolana, según reporta El Nacional, coordinó 45 operaciones en medio del colapso hospitalario.
Los detalles cuentan la historia. Un régimen que durante años administró la decadencia de su parque habitacional y su red hospitalaria enfrenta ahora la factura más brutal: casi cinco mil muertos en tres semanas, más de veinte mil desplazados a carpas, y una reconstrucción cuya magnitud —25.000 viviendas estimadas— supera con creces la capacidad demostrada por el aparato estatal en tiempos ordinarios.
La promesa de 200 viviendas «esta semana» frente a una necesidad estimada de 25.000 no es un detalle menor: es la proporción exacta entre el discurso y la realidad. El dinero de los contribuyentes venezolanos, diezmado por dos décadas de gestión bolivariana, deberá competir ahora con la ayuda internacional para reconstruir lo que la mala política y el sismo juntos destruyeron. La libre empresa y la inversión privada —sistemáticamente ahuyentadas durante años— son precisamente lo que hoy hace falta y lo que más escasea. El desenlace de La Guaira será, en buena medida, el espejo de lo que el modelo dejó antes de que la tierra se moviera.



