La escena lo dice todo. Un sacerdote explica a una comunidad aimara, en su propia lengua, que el Sol no va a desaparecer para siempre. Es 1994, el lugar es Putre, un pequeño pueblo andino en el norte de Chile, y Alejandro Arroyo lo observa todo desde el margen. Ese instante cambió el rumbo de su vida.
Treinta y dos años después, Arroyo llegó a Paredes de Nava, una localidad de la provincia de Palencia, en España, para presenciar su eclipse número 24. El contador de kilómetros ya supera los 360.000 repartidos en cinco continentes: Siberia, Australia, China, México, la Antártida, las islas Feroe, Zimbabue. «No estaban en mi mapa de vida», admite en una entrevista con EFE.
Arroyo es historiador del arte, no astrónomo de formación. Lo que lo mueve no es la mecánica celeste sino la dimensión humana del fenómeno: cómo cada cultura interpreta ese instante en que la luz desaparece. «Cada cultura lo vive de una manera. Las creencias religiosas influyen», sostiene. En el norte de México, en 2024, durante un eclipse de más de cuatro minutos, la gente se puso nerviosa. «Con todo el peso de la cultura maya y azteca a la gente se le hizo eterno, parecía que no iba a volver la luz del sol», relata.
Pero hay algo que se repite en todos los rincones del mundo: el silencio en el momento de la totalidad. Después, algunos lloran, otros aplauden, muchos respiran aliviados. «Cuando aparece el primer rayo de luz después de la totalidad, esa fracción de segundo es mágica. Ahí se entiende que sin el Sol no existiríamos», dice.
La logística detrás de cada eclipse es tan exigente como la del fenómeno mismo. Arroyo pasó agosto de 2024 y agosto de 2025 recorriendo dieciocho localidades españolas para estudiar la franja de totalidad del eclipse del 12 de agosto de 2026. Visitó Asturias, Castilla y León y Castilla-La Mancha. Descartó la costa por la alta probabilidad de nubosidad y encontró en Tierra de Campos lo que buscaba: un horizonte limpio. «Paredes tiene una pequeña loma con una vista perfecta hacia el oeste y muy poca probabilidad de nubes. Para un eclipse que ocurre al atardecer eso es fundamental», explica.
El del 12 de agosto es, según él, especialmente complejo. «Los más fáciles son entre las diez de la mañana y las dos de la tarde. Este ocurre cuando el Sol está muy bajo y cualquier edificio, un árbol o una colina pueden taparlo». La planificación incluye meteorología, accesos y logística. La maleta, en cambio, es mínima. «A esta altura de la vida llevo muy pocas cosas», admite.
La NASA tiene catalogados todos los eclipses solares del quinto milenio, desde 2001 hasta 2100. «Se sabe la fecha, el lugar y el minuto exacto de los eclipses que va a haber hasta el año 2100», señala Arroyo. Esa certeza es su agenda de vida. «El destino no lo elijo yo, lo elige el Sol».
Ha visto eclipses desde el aire. En 2003 se subió a un Boeing 747 para observar uno sobre la Antártida en un vuelo de 15 horas con solo 120 pasajeros, ocupando únicamente los asientos junto a las ventanas. «La ventaja de verlo desde un avión es que aseguras que el cielo esté despejado», explica. En plena pandemia, otro vuelo lo llevó a las Malvinas detrás de un eclipse en el Atlántico Sur.
No siempre gana. En Shanghái, un eclipse de seis minutos quedó sepultado bajo lluvias torrenciales. Lo que recuerda de esa jornada es otra imagen: la ciudad entera encendiendo sus letreros luminosos a las nueve y cuarto de la mañana. En Novosibirsk, capital de Siberia, escuchó a músicos ecuatorianos tocar música andina durante el eclipse de 2008. «Se emocionó enormemente», recoge la crónica de EFE.
En Paredes de Nava estuvo acompañado por el astrónomo Edgar Masa y el aficionado Alberto Andrés, de la asociación AstroParedes. Parada número 24. Casi 360.000 kilómetros. Casi la distancia entre la Tierra y la Luna.
La historia de Arroyo es, en el fondo, la historia de un hombre que organizó su libertad alrededor de un fenómeno que no obedece a ningún gobierno ni a ninguna agenda institucional. El Sol fija la fecha, la física fija el lugar, y un individuo decide cruzar el mundo para estar ahí. Sin subsidios, sin burocracia, sin más motor que la curiosidad y la disciplina personal. En un tiempo en que la ciencia se administra cada vez más desde despachos y comités, la figura del cazador solitario que planifica dos años para ver tres minutos de oscuridad tiene algo de manifiesto silencioso: que el asombro, cuando es genuino, no necesita permiso.


